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El hábito si hace al monje

Publicado: abril 14, 2016 en habitos, Salud
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Hey, Rafael, el refrán no era así! Me diréis algunos. Me explicaré entonces.

 

            La pasada semana asistí como psicólogo de emergencias al simulacro Gamma Sur que tubo lugar en Sevilla. Era un simulacro de actuación tras un terremoto de varias réplicas en varios lugares de la provincia de Sevilla, Málaga y Melilla. En el participaron un montón de profesionales de los distintos cuerpos de seguridad , sanitarios, rescate, asociaciones, clip_image002autoridades civiles y militares, no sólo de España sino también de otras naciones. Era una catástrofe de nivel tres, es decir, el máximo.

Eh, cuidado, simulacro, no realidad. Nadie se alarme.

        El sentido de estos simulacros es el de mantener activos, actualizados, conectados y hábiles, a todos aquellos profesionales que En caso de un acontecimiento real, actuarán. El objetivo final, claro está, es poder dar el mejor servicio posible a las personas que se encuentran como víctimas en el caso de que estos acontecimientos tengan lugar en nuestro país o en otro.

    De aquí lo de “el hábito si hace al monje”. Claro, no me refiero a los uniformes que llevamos. Estos uniformes, o hábitos, es cierto que, por si solos no hacen a un buen profesional. Es el hábito, de habitual, el que hace al buen profesional. Habitualidad de en La formación, en la práctica, en la comunicación entre cuerpos, entre regiones o naciones. El hábito en la evaluación de procedimientos, actuaciones y protocolos.

      Pero esto que hacemos los profesionales también es extensivo cuando no actuamos como tales, sino en nuestra vida diaria. Si me calzo unas buenas zapatillas de correr y una buena equipación, pero no salgo a correr habitualmente, no llegaré a ser un buen corredor, solo alguien vestido para correr.

  Quizás vivamos en una sociedad demasiado preocupada en mostrar el hábito exterior del monje y olvidar la habitualidad en lo que hacemos.

            Como decía la canción, y la típica pregunta castiza: ¿y tú de quién eres?

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             Comentando un día con un amigo los planes que teníamos para la jubilación, yo comenté que entre otros, una de mis ilusiones para esos tiempos, era aprender a tocar el saxofón. Mi amigo, que no conocía mi faceta musical, puso una cara de extrañeza, y cuando yo me disponía a preguntarle que si no sabía que era músico de afición, cambió de pronto su cara poniendo un gesto que me dio a pensar que de la sorpresa pasó a la duda.clip_image002

           Cuando le iba a preguntar por ese cambio de cara tan gracioso, el me increpó: ¿tú sabes si cuando te jubiles podrás mover los dedos como para tocar el saxo?. A pesar de mi sonrisa inicial por lo incierto de la edad de jubilación cuando nos toque, en poco tiempo pasé a pensar que llevaba razón. ¿Mis dedos estarían ágiles como para moverse por las teclas de un saxo? ¿Y mi mente como para aprender?

         Hoy, hablando con una amiga, de un amigo, casi hermano, que ya no está, y con el que nos encantaba improvisar excursiones, salidas a castillos, comer juntos, en definitiva, disfrutar de la vida; comentábamos también, que hacer planes para el futuro sobre lo que queremos hacer, porque es importante para nosotros, es estar un poco locos. Aplazar lo importante es arriesgarse a no vivirlo. Es convertirlo en menos importante que lo que hacemos hoy.

             Nos dejamos llevar demasiado por el trabajo diario, las labores que poco a poco van llenando nuestro tiempo y no nos dejan más que vivir con prisas. En la sociedad actual, donde más herramientas tenemos para hacernos la vida más cómoda, es cuando más ajetreados, más incómodos por la ansiedad y más desasosegados vamos a todos sitios. ¡Nos llega a molestar el “lag” en los aparatos electrónicos!

           Queremos ir tan rápido a todos sitios, que todo sea tan inmediato, que nos olvidamos de que vivir es disfrutar del momento. Es hacer eterno el momento presente. Y para eso hay que frenar. No se trata de pararse permanentemente. ¿Pero no nos merecemos unos minutines al día para nosotros? ¿Y para los nuestros? ¿Para que queremos las puestas de sol? ¿Sólo para hacernos un selfie, subirlo a la red y seguir corriendo sin sentir siquiera el calor del sol?

            A veces la vida, con su abrupta manera de enseñarnos, no dice que frenemos, que hay que vivir. Para eso está la vida, para vivirla hoy. El refrán español “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, no sólo se refiere al trabajo, también a comer con tu familia y charlar, a salir con los amigos a disfrutar de un paseo por el campo, a escuchar música u oler las flores, ¡que para eso están, leñe!

                Yo, por mi parte, hoy llevo un año aprendiendo a tocar el saxofón. Y tú, ¿Qué no quieres arriesgarte a no hacer mañana?

              Estamos a principios de este año, y como siempre solemos proponernos conseguir algunas cosas a lo largo del nuevo año, hoy te voy a proponer un reto:055

NO EVITES TUS ERRORES, APRENDE DE ELLOS.

          El genio de la creatividad Salvador Dalí, decía en una de sus famosas frases: “Los errores tienen casi siempre un carácter sagrado. Nunca intentéis corregirlos. Al contrario: lo que procede es racionalizarlos, compenetrarse con aquellos integralmente. Después, os será posible sublimizarlos”.

            No sé cuanto sabía este hombre sobre psicología, o sobre comportamiento humano, animal, o sobre como funciona nuestro cerebro, pero está claro que, a su forma, dio en el clavo. Nuestro cerebro funciona aprendiendo a través del ensayo error- entre otros mecanismos. Pero este es el más usado a lo largo de nuestra vida. Por lo tanto, vivir obsesionado con evitar los errores, nos lleva a la posibilidad de no aprender casi nada.

            Por otro lado, si lo que me preocupa es no fallar, le estoy diciendo a mi cerebro que lo importante es ese fallo, por lo que sus acciones irán encaminadas al fallo.

          Lo explico con un ejemplo: mi entrenador de baloncesto, cuando yo era aún más joven, nos decía siempre “no tiréis a canasta intentando no dar en el aro, imaginad un punto en el centro de la canasta e intentad poner ahí el balón”. Tampoco sabía de psicología, no había estudiado esta carrera, pero sí, por experiencia, sabía que si uno intenta evitar dar en el aro, sus manos lanzan el balón precisamente allí.

        Si uno no quiere oir un ruido, este se te mete en la cabeza. Si uno no quiere ver coches negros, hoy salen todos a la calle. Es decir, nuestro cerebro funciona con lo importante. El “no” que ponemos delante no es relevante para él. El truco pues, cuando no queremos ver u oír o sentir algo, es hacer otra cosa relevante, importante, vital. Poco a poco nuestro cerebro se encargará de hacer esto último más notorio y minimizar el resto. Nosotros decidimos donde ponemos nuestra atención. Claro, si no tomamos esta decisión y la dejamos al ambiente, corremos el riesgo de que vayamos donde nos digan otros…

         Así, respecto a nuestros errores, la mejor forma de no cometerlos, es usarlos para aprender de ellos, no para evitarlos. Al igual que nuestro dolor, que no es algo malo, sino un aviso de que tenemos que prestar atención a una parte de nuestro cuerpo para cambiar algo; nuestros errores son un aviso de que debemos ejecutar algo de una forma distinta, más eficaz. Así, si intentamos no cometerlos, no verlos, caeremos en el error de que todo lo que hacemos, lo hacemos “bien”, o nos obsesionaremos con no cometerlos, por lo que aprenderemos muy poco.

¿Te apuntas al reto?