Palabras convertidas en hechos?

Publicado: marzo 9, 2016 en Mujer
Etiquetas:,

Un año más hemos celebrado durante la semana del 8 de marzo el día internacional de las mujeres trabajadoras.

clip_image002 Las redes sociales, videos, medios de prensa escrita, radios, televisiones, hasta el omnipresente google ha hecho un video conmemorativo para celebrar este día.

Miles de ríos de tinta, de palabras, de jornadas con actuaciones de músicos, políticos, trabajadores por cuenta ajena, un sin fin de palabras agradables para las mujeres, madres, hijas, compañeras… Hoy se nos llena la boca de elogios hacia ellas. Lo cual está genial, todo sea dicho, porque lo valen y se lo han currao (como se dice hoy día).

Pero… ¿y mañana?, ¿y el otro?, ¿y los hechos? ¿Nos quedamos en palabras y con eso vale? Todas estas preguntas y muchas otras por el estilo se agolpan en mi cabeza.

Pero la principal es ¿Qué puedo hacer yo, con mis manos, no sólo con mi boca, para que las mujeres a las que quiero y estimo, no necesiten un día al año para sentirse orgullosas de lo que son, sino que sea todos los días del año y de su vida? Lo que no está en mis manos, prefiero dejarlo a otros u otras. ¿Pero que sí está? ¿Qué puedo hacer yo para que las mujeres que me rodean se sientan a gusto con serlo? Se me ocurren miles de respuestas:

  • – No ponerle trabas en su trabajo, sino colaborar a medias en cualquier asunto que llevemos a medias
  • – Respetar en igualdad sus ideas tanto como las mías propias.
  • – Poner mi granito de arena para facilitar que crezcan un poco más siempre que estén a mi lado.
  • – Mostrarles mi mejor yo en cada momento de cada día.
  • – Ofrecerles lo que está en mi mano cuando piden ayuda.
  • – Demostrar que las aprecio como se merecen para que lo sientan.
  • – Ser sincero en mis críticas con el objetivo de facilitar que mejoren y aceptar las suyas con el mismo talante.
  • – Compartir mis alegrías, los dones que me da la vida y también mis temores o tristezas para superarlas juntos.

         Y mil acciones más que podría estar escribiendo hasta llenar dos semanarios seguidos.

              Pero todo ello, no porque lo diga un día internacional, no con una consideración especial por cualquier otra causa. Sino porque son personas iguales a mí. Alguno dirá con características diferentes. Pero eso no aporta información extra, sólo sirve para separar.

              Acaso no todas y todos tenemos características diferentes. Incluso los hermanos o hermanas gemelas acaban teniendo características diferentes. Y no por ello valen más o menos, son más o menos.

           Así que te propongo un reto: ¡dejémonos de palabras bonitas, en exclusiva; y sumémosle a estas, nuestras acciones! A ver si entre todos y todas conseguimos que no tengamos que celebrar a lo largo del año, nada más que el día internacional de las personas.

Anuncios

Hacer lo que te gusta

Publicado: febrero 29, 2016 en Articulos, Música, Salud
Etiquetas:, ,

 

Durante estos días he podido disfrutar de un gran concierto de gentes admirables. Antiguos roqueros que aún tocan, cantan y disfrutan haciéndolo como el primer día. O más.

           imageFue una noche donde a pesar de un frio que no había vivido jamás en Sevilla en mis quince años en esa ciudad, disfrutamos de la música y el buen hacer de unas personas que rondaban los sesenta, o más, algunos pero que transmitían con de 20. Y que hicieron que los que estaban allí, experimentasen la misma metamorfosis juvenil que ellos.

         El frío era de juzgado de guardia. La noche y el viento se empeñaban en helarnos hasta las ideas. Manos, pies, caras, todo lo que no estaba abrigado a conciencia tendía a congelarse. Pero la llama viva del rock andaluz de otros tiempos, más viva aún que antaño, calentaba nuestros cerebros para que las notas musicales y las letras de Triana, Alameda y Medina Azahara, surgiesen en nuestras gargantas y calentasen la noche con música siempre viva.

             Los músicos, entrados en años, a pesar del frio, lo hacían de maravilla. Se notaba que disfrutaban a tope. Se calentaban a medida que iban saliendo notas de sus guitarras, bajos, teclados, baterías y letras de lo más hondo de sus almas, para hacernos volar junto a ellos a un paraíso cálido y lleno de luz como es nuestra Andalucía. Esta que al día siguiente celebraría su día de cumpleaños y que aquella noche, o madrugada, se sentía viva como siempre en las notas de estos grandes músicos.

            Hoy, desde estas letras, te propongo que los imites. Que hagas aquello que te gusta. Que lo disfrutes y que lo compartas. Vivimos en un mundo que, como dice uno de los temas de esa noche, ni el tiempo te puede alcanzar. Vamos rápido, muy rápido. Pero no para disfrutar de la Velocidad, sino para hacer más para tener más, para vivir más años, pero tristemente vivir menos. En este concierto había gente llena de años, pero estos estaban llenos de vida. De experiencias vividas a tope. Disfrutadas, reídas, cantadas y tocadas hasta el éxtasis. Y además compartidas. Compartir aquello que disfrutas dobla su poder de vida. ¿Para qué estamos vivos, si no es para vivir?

               Párate, piénsalo, busca aquello que te hace vibrar, compártelo, enséñalo al que viene más joven o inexperto, hazlo gozar con ello. Y demuéstrale, demuéstrate, que viniste a este mundo a vivir, a recopilar momentos de vida que juntos le darán sentido a esta. Juntos harán que merezcan la pena el resto de esfuerzos que haces durante la vida para conseguir aquello que quieres o necesitas.

             Comentando un día con un amigo los planes que teníamos para la jubilación, yo comenté que entre otros, una de mis ilusiones para esos tiempos, era aprender a tocar el saxofón. Mi amigo, que no conocía mi faceta musical, puso una cara de extrañeza, y cuando yo me disponía a preguntarle que si no sabía que era músico de afición, cambió de pronto su cara poniendo un gesto que me dio a pensar que de la sorpresa pasó a la duda.clip_image002

           Cuando le iba a preguntar por ese cambio de cara tan gracioso, el me increpó: ¿tú sabes si cuando te jubiles podrás mover los dedos como para tocar el saxo?. A pesar de mi sonrisa inicial por lo incierto de la edad de jubilación cuando nos toque, en poco tiempo pasé a pensar que llevaba razón. ¿Mis dedos estarían ágiles como para moverse por las teclas de un saxo? ¿Y mi mente como para aprender?

         Hoy, hablando con una amiga, de un amigo, casi hermano, que ya no está, y con el que nos encantaba improvisar excursiones, salidas a castillos, comer juntos, en definitiva, disfrutar de la vida; comentábamos también, que hacer planes para el futuro sobre lo que queremos hacer, porque es importante para nosotros, es estar un poco locos. Aplazar lo importante es arriesgarse a no vivirlo. Es convertirlo en menos importante que lo que hacemos hoy.

             Nos dejamos llevar demasiado por el trabajo diario, las labores que poco a poco van llenando nuestro tiempo y no nos dejan más que vivir con prisas. En la sociedad actual, donde más herramientas tenemos para hacernos la vida más cómoda, es cuando más ajetreados, más incómodos por la ansiedad y más desasosegados vamos a todos sitios. ¡Nos llega a molestar el “lag” en los aparatos electrónicos!

           Queremos ir tan rápido a todos sitios, que todo sea tan inmediato, que nos olvidamos de que vivir es disfrutar del momento. Es hacer eterno el momento presente. Y para eso hay que frenar. No se trata de pararse permanentemente. ¿Pero no nos merecemos unos minutines al día para nosotros? ¿Y para los nuestros? ¿Para que queremos las puestas de sol? ¿Sólo para hacernos un selfie, subirlo a la red y seguir corriendo sin sentir siquiera el calor del sol?

            A veces la vida, con su abrupta manera de enseñarnos, no dice que frenemos, que hay que vivir. Para eso está la vida, para vivirla hoy. El refrán español “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, no sólo se refiere al trabajo, también a comer con tu familia y charlar, a salir con los amigos a disfrutar de un paseo por el campo, a escuchar música u oler las flores, ¡que para eso están, leñe!

                Yo, por mi parte, hoy llevo un año aprendiendo a tocar el saxofón. Y tú, ¿Qué no quieres arriesgarte a no hacer mañana?

Esta semana hemos vuelto a padecer el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las mujeres. Sí, he dicho bien “padecer”. Porque no puedo decir celebrar cuando es un día en el que recordamos la barbarie machista. Un día como cualquier otro donde los hombres seguimos pensando que las mujeres son un objeto de nuestra propiedad.

                Ya me gustaría celebrar, esta vez si digo “celebrar”, el Día internacional en que se acabó la violencia contra las mujeres. ¡Sería genial ¡ Muchos pensaremos, bueno, yo no soy violento, yo no pego, no maltrato. ¿Estas seguro?. ¿Alguna vez haz dicho algo como esto?

  • -¡Mujer tenía que ser! (cuando vas al volante)
  • – ¡ A esa rubia le daba yo…! (cuando estás con los amigos)
  • – Hay que ver como son las mujeres… solo dicen tonterías
  • – Me enfadé con mi novia. Quería salir con un escotazo. Sólo se lo digo para
  • protegerla…
  • – Las mujeres tienen más habilidad natural para planchar
  • – ¡Es mi novia, tio! ¡Mi novia! ¿Qué haces bailando con ella?

Todas estas frases, se nos suelen escapar un día u otro. En ellas se habla de posesión, menosprecio, autoridad, poder sobre ellas, saber mejor que ellas como protegerlas, como si no lo pudiesen hacer por si mismas…

Estas frases no sólo son de personas mayores criadas en culturas machistas. Los jóvenes y las jóvenes de hoy día, también las dicen. Bueno, quizá ellos y ellas, más bien las escriben. Sí, claro, ahora ellos escriben mucho, en las redes, en lugar de hablar. Pero las frases son las mismas, los sentimientos los mismos, el menosprecio, la cosificación de la mujer, la pertenencia. ¡La misma!

Con lo que avanza la tecnología, con la multitud de aplicaciones, gadget, monitores de actividad, que tenemos hoy día. Casi para todo. ¿Cuándo inventarán una aplicación que detecte las frases, actitudes y comportamientos machistas y violentos contra la mujer. Y me mande un aviso con alarma y vibración a través de mi móvil o reloj inteligente o pulsera?

Venga, informáticos, ingenieros. Os dejo este reto. ¡Anda valientes! ¿Quién es capaz de crear esta aplicación?

           En estos días pasados, dentro de las actividades de un experto en psicología de emergencias que estuve realizando; tuve la suerte de leer el libro “Saber que se puede, 20 años después”. Un interesantísimo libro de Irene Villa. Psicóloga y periodista en la actualidad, pero que, como nos describe en el libro, fue víctima de la barbarie de ETA. Esa banda de asesinos que perdieron el norte de sus vidas buscando ser los dueños del norte de España.

Sin duda fueron y son objeto de muchos odios en muchos lugares de nuestra Schnuffelienchen - Küss mich, halt mich, lieb michgeografía, y seguro que incluso fuera. Odios que, aunque de otra forma, casi todos vemos que surgen en nuestra vida por unas u otras causas. Por unas u otras personas que nos rodean y que hacen algo que no creemos justo, que no nos merecemos, que no entendemos por qué lo hicieron, o lo hacen.

Pero, esta semana, no quiero hablaros del odio, sino del perdón. Porque Irene, la autora de este libro dedica un capítulo de su libro al perdón. Explica muy bien que el perdón no consiste en aceptar y entender al causante y su causa, sino que es más necesario por la afectada misma. Ella debe pasar y quiere, página del rencor, del odio, del deseo de venganza. Todo esto supone un gran gasto de energías para la afectada.

Mantener el odio vivo necesita más leña que el fuego del amor a uno mismo. Y lo peor es que sólo tenemos leña para alimentar un fuego, por lo que debemos decidir cuál alimentar: nuestro amor propio o el odio ajeno. Cerrar el capítulo del odio y la venganza supone una liberación para vivir nuestra propia vida, no la del otro.

A algunas personas les cuesta más perdonar. Aceptar que alguien con premeditación quisiera hacer daño. No han recibido ayuda para ello. No han truncado tanto su vida, como pasó a Irene, como para verse en la obligación de decidir entre echar leña a un fuego u otro. Piensan que pueden seguir echándolo a los dos. Pero esto las consume. Esto las hace que hasta que no den ese paso del perdón, no puedan ver la plenitud de sus vidas. El fuego del odio, quema más al que odia.

Y, como dice la autora, y mi experiencia como psicólogo sanitario o de emergencias me hace ver “… no creo que el tiempo sea el que todo lo cure. Es la mente la que se encarga de hacerlo. Por mucho tiempo que pase, si tu mente no da un giro, no se soluciona nada”.

¿Qué decides tú? ¿Te apuntas a los que deciden vivir su vida libres sin la carga de la persona o la situación odiada?

Hazlo, libérate.

 

Hace algunos años, cuando mis cuatro hermanos y yo viajábamos a Córdoba por una carretera llena de curvas en cada uno de sus centímetros, mi madre al llegar siempre decía que le encantaría viajar con una máquina que la trasladase de un sitio a otro sólo con darle a un botón. Se mareaba nada más pensar en viajar.

image      Hoy estamos cada día más cerca de conseguirlo, al menos a través de la realidad virtual. Hoy podemos ponernos unas gafas y simular que vamos andando por la Quinta Avenida de New York. Y realmente da la impresión de que estás allí. Pero claro tus ojos te engañan, parece que paseas por allí, que ves las tiendas, que ves a la gente, a los policías sobre sus caballos, pero todos están sin cara. Puedes ver los puestos de perritos calientes, pero no saborear el perrito. Lo virtual no deja de ser virtual.

         Aunque con lo que sabemos hoy de cómo funciona el cerebro, también sabemos que la realidad que vemos es un poco también virtual. Así, nuestro cerebro, en función de lo que ha aprendido y lo que piensa que para nosotros es más necesario e importante, nos va mostrando un trozo de la realidad que nos rodea. Algo parecido a lo que el famoso buscador web hace cuando tiene nuestros datos. Nos muestra lo que el piensa que queremos.

          Con el tiempo hemos llegado a creernos que la realidad total es sólo lo que vemos, que todas las cosas se pueden conseguir de forma rápida con un movimiento de dedos. Estamos tan acostumbrados a esto en el móvil, que soñamos con que todo, incluso aprender a esquiar, se pueda hacer en un minuto con un par de clicks. Y muchas personas tienen serios problemas de frustración e impaciencia cuando notan que no todo es así. Tienden a abandonar sus nuevos cometidos si en un par de días no consiguen el cambio deseado.

          Una paciente que lleva muchos años fumando se mostraba impaciente porque “¡a estas alturas!”, porque recaen, etc. Todo aprendizaje lleva su tiempo. Llevas 30 años aprendiendo a vivir fumando. Cuanto te das para aprender a vivir sin fumar. O a hacer cambios en tu dieta, aprender a conducir, etc.

        Y como esto todo nuevo habito que queramos aprender. Sobre todo si lo queremos hacer reflejo, es decir, que se vayan los dedos o mis dedos mentales, solos. Eso necesita mucha práctica con la misma ejecución.

      ¿Os acordáis del famoso Señor Miyagi?. “…dar sela, pulir sela”. Necesitamos mucho tiempo de esfuerzo repetido para conseguir nuestros objetivos. O aún crees que lo de dejar de fumar sin esfuerzo, o perder peso sin dejar de comer lo que te gusta, o viajar con botón, como decía mi madre; se puede conseguir?

          Pero lo conseguido con esfuerzo y constancia, además de traerte éxito en tu tarea, te traerá un importante crecimiento, alegría, satisfacción personal y aumento de autoestima. El botón sólo trae insatisfacción y constante “quiero más”.

    ¿Qué prefieres sentir?

              Estamos a principios de este año, y como siempre solemos proponernos conseguir algunas cosas a lo largo del nuevo año, hoy te voy a proponer un reto:055

NO EVITES TUS ERRORES, APRENDE DE ELLOS.

          El genio de la creatividad Salvador Dalí, decía en una de sus famosas frases: “Los errores tienen casi siempre un carácter sagrado. Nunca intentéis corregirlos. Al contrario: lo que procede es racionalizarlos, compenetrarse con aquellos integralmente. Después, os será posible sublimizarlos”.

            No sé cuanto sabía este hombre sobre psicología, o sobre comportamiento humano, animal, o sobre como funciona nuestro cerebro, pero está claro que, a su forma, dio en el clavo. Nuestro cerebro funciona aprendiendo a través del ensayo error- entre otros mecanismos. Pero este es el más usado a lo largo de nuestra vida. Por lo tanto, vivir obsesionado con evitar los errores, nos lleva a la posibilidad de no aprender casi nada.

            Por otro lado, si lo que me preocupa es no fallar, le estoy diciendo a mi cerebro que lo importante es ese fallo, por lo que sus acciones irán encaminadas al fallo.

          Lo explico con un ejemplo: mi entrenador de baloncesto, cuando yo era aún más joven, nos decía siempre “no tiréis a canasta intentando no dar en el aro, imaginad un punto en el centro de la canasta e intentad poner ahí el balón”. Tampoco sabía de psicología, no había estudiado esta carrera, pero sí, por experiencia, sabía que si uno intenta evitar dar en el aro, sus manos lanzan el balón precisamente allí.

        Si uno no quiere oir un ruido, este se te mete en la cabeza. Si uno no quiere ver coches negros, hoy salen todos a la calle. Es decir, nuestro cerebro funciona con lo importante. El “no” que ponemos delante no es relevante para él. El truco pues, cuando no queremos ver u oír o sentir algo, es hacer otra cosa relevante, importante, vital. Poco a poco nuestro cerebro se encargará de hacer esto último más notorio y minimizar el resto. Nosotros decidimos donde ponemos nuestra atención. Claro, si no tomamos esta decisión y la dejamos al ambiente, corremos el riesgo de que vayamos donde nos digan otros…

         Así, respecto a nuestros errores, la mejor forma de no cometerlos, es usarlos para aprender de ellos, no para evitarlos. Al igual que nuestro dolor, que no es algo malo, sino un aviso de que tenemos que prestar atención a una parte de nuestro cuerpo para cambiar algo; nuestros errores son un aviso de que debemos ejecutar algo de una forma distinta, más eficaz. Así, si intentamos no cometerlos, no verlos, caeremos en el error de que todo lo que hacemos, lo hacemos “bien”, o nos obsesionaremos con no cometerlos, por lo que aprenderemos muy poco.

¿Te apuntas al reto?