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SIN SENTIDO

Publicado: diciembre 7, 2015 en Articulos, Emociones, Suicidio
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Medianoche. Un frío día del mes de enero. Juan, un joven alto, moreno, fuerte, bien parecido. Trabajaba de noche, era vigilante.

    Hoy, cuando se dirigía a la calle, no iba a trabajar. Subió en su nuevo coche rojo, deportivo, como siempre lo había soñado. Sin saber porqué, al sentarse dentro del coche se fijó en uno de sus vecinos. Un señor mayor, con bigote, la cara cansada, los ojos mirando hacia el negro manto del cielo, como pidiéndole que se lo llevara con él. Estaba cansado de vivir. Un día, trabajando en una construcción, se cayó desde una cornisa y lo único que salvó fue su cabeza. Su cuerpo quedó inmóvil, confinado para siempre a una silla de ruedas. ¿Porqué no habría muerto?.sinsentido_de_pensamientos1

       El ruido del motor hizo volver a Juan a sus pensamientos. Ese ruido ronco, potente que en otras ocasiones había hecho vibrar a Juan; hoy no le decía nada, sólo le devolvió a su realidad. Esta noche, Juan sólo pensaba en su última cita con Marga, su novia. El no fue a recogerla esa noche, la esperaba en su Pub de costumbre. Se había adelantado con unos amigos. Ella decidió ir andando. Vivía cerca. Era una joven alegre, sincera, vivía la vida saboreando cada momento, como una buena gourmet. Esa noche, alguien con unas copas de más, en un coche demasiado rápido, acabó con esta intensa pero aún corta vida.

– Si hubiera ido a por ella…

     Eran palabras que Juan se repetía una y otra vez, produciéndole un insoportable sentimiento de culpa.  A partir de ese día, Juan había cambiado. No sentía esas ganas de vivir que ella despertaba en él. En la vida no le iba mal. Coche, trabajo, amigos, buena salud, era un buen deportista. Sin embargo, desde ese día, su vida no tenía sentido, todo giraba en torno a ella. Y ella no estaba.

– ¡Por mi culpa!.

     De acuerdo con su plan, se dirigió hacia la autopista y una vez allí pisó a fondo el acelerador. La velocidad iba aumentando rápidamente y el gran puente colgante se iba acercando imponiendo su inmensa figura en el horizonte. Este era el último paisaje que Juan había planeado ver. Si se lanzaba a toda velocidad desde arriba, todo el sentimiento que lo inundaba cesaría para siempre.

     Justo antes de empezar a subir el puente, la imagen del viejo, en su silla de ruedas, comenzó a dibujarse en su cabeza con más nitidez que nunca. Juan observaba su cara, sus ojos tremendamente expresivos… Desde el accidente en la obra sólo expresaban tristeza. Ya no podía jugar con sus hijos los domingos. No podía hacer el amor con su mujer a la que tanto amaba, pero a la que desde el accidente tenía muy abandonada. Sólo le quedaba esperar la muerte.

      De pronto, Juan se dio cuenta de que la velocidad de su coche había disminuido, el puente, su último paisaje, había pasado. Sin darse cuenta se encontraba a muchos kilómetros de su casa y del maldito puente. Sin saber porqué se había relajado. El viento que entraba por la ventanilla rozaba fresco y aliviador su cara, acariciaba su pelo ondulándolo, liberándolo. Juan dio media vuelta y se dirigió a casa saboreando estos nuevos sentimientos. Esa noche durmió profundamente.

      A la mañana siguiente, temprano, se fue a buscar a su vecino con el que nunca había hablado algo más que un hola o adiós cortés, pero falto del más leve interés. Roque, que así se llamaba su vecino, estaba en el parque de la urbanización. En su silla de ruedas, tomaba el sol de la mañana. Juan, sin decir nada, pero sabiendo que Roque lo observaba, se sentó muy cerca de él; podía oír su respiración. Dirigió su mirada hacia donde Roque parecía estar mirando.

      El sol calentaba suavemente sus rostros. Sólo se oían los pájaros, alegres, de trinos variados. Tal vez esa mañana cantaban con más ganas, mas variados y divertidos. Al menos eso le perecía a ambos, que continuaban sin intercambiar palabras. Aunque sí sentimientos. Como dos viejos amigos que no necesitan hablarse para entenderse. Saben que el uno está allí por el otro, que pueden ayudarse cuando a alguno le hace falta.

      Juan se dio cuenta de que en su cara se dibujaba una sonrisa. Miró a Roque y vio que él también sonreía. Era una de esas sonrisas que muestran aquellos que son felices, que han aceptado su vida tal como le viene y que están dispuestos ha vivirla lo más intensamente posible.

          Tal vez el viejo intuyera que si Juan aquel día estaba allí era por él. Que esa tal vez fuera la razón por la que él no terminó aquel día en la obra. ¿Se habría dado cuenta de que aún tenía mucho que dar y por eso estaba aún allí?. A Juan, a sus hijos, a su mujer…, a sí mismo.

         Juan comprendió lo que Marga le había dicho siempre "…gordi, la vida es para vivirla". Ahora entendió que vivir la vida no es estar ahí esperando que pase, sino disfrutar de cada momento con todo nuestro ser, penas, alegrías, sentirlo todo con toda la intensidad de que seamos capaces. Volcar todo nuestro ser en cada gesto que hacemos, en cada palabra que pronunciamos al que está a nuestro lado.

       Así, aunque perdamos lo más querido, los momentos pasados serán tan intensos que siempre permanecerán vivos con nosotros.

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     Cuenta la historia, que cuando los reyes magos llevaron sus regalos al niño de Belén, a este le hizo tanta ilusión, que sintió el deseo de que todos los niños del mundo sintiesen los mismo al menos una vez al año. Y desde su corazón, ya que aun no sabía hablar, transmitió este deseo a los tres reyes.
   Estos, se miraron entre ellos, y Baltasar, el negro y mas valiente le dijo a Jesús. Pero señor, a pesar de nuestra reyes monster hightmagia, los niños y niñas son muchos, y cada día serán más, y además están muy lejos unos de otros. No confiamos en que nos de tiempo en un solo día de llegar a todos.
   Jesús les replico desde su corazón. Pues yo quiero que todos los niños sientan esta ilusión, así que pensar a ver que podemos hacer.
   Otro de los reyes que era muy inteligente y que creía mucho en el poder de Jesús le propuso:

      -  Si tu quisieras, podrías transmitir a quien quisieses nuestra magia. Podrías traspasar nuestra capacidad de ilusionar a los niños a alguien que quiera y pueda hacerlo.

   Entonces, Jesús, mirando a José y María, dijo: serán los padres y madres. Tocaré el corazón de todos los padres y madres del mundo para que ellos puedan transmitir vuestra magia e ilusionar a sus hijos con esta misma ilusión que siento yo hoy.
  Y así, cuando un hombre o una mujer decide ser padre o madre, y tiene la gran suerte de serlo, Jesús toca su corazón y le trasmite la magia de los reyes para que puedan ilusionar a sus hijos hasta que ellos, algún día sean padres o madres y puedan recibir también la magia de los Magos de Oriente.

        Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:
– ¿Papa?
– Sí, hija, cuéntame.reyes-magos
– Oye, quiero…, que me digas la verdad.
– Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido-.
– Es que…, -titubeó Blanca-.
– Dime, hija, dime.
– Papá, ¿existen los Reyes Magos?
          El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta; pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que lo miraba igualmente.
– Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
         La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
– ¿Y tú qué crees, hija?
– Yo no sé, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí, que existen, porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.
– Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero…
– ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!
– No, mira, nunca te hemos engañado, porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre, cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca- .
– Entonces no lo entiendo, papá.
– Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar, porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado-.
         Blanca se sentó entre sus padres, ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
– Cuando el Niño Jesús nació, tres Reyes, que venían de Oriente guiados por una gran estrella, se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos, en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
– ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
– ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea; pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños, como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
– Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. ¡Pero sería tan bonito!
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
– Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme:
¿Qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños del mundo?
– ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas-:
Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño, que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos; pero no podemos tener tantos pajes, no existen tantos.
– No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno, sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
– ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración-.
– Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios-:
– Sí, claro, eso es fundamental – asistieron los tres Reyes-.
– Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
– Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres-.
– Pues decidme, queridos Reyes: ¿Hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:
– Puesto que así lo habéis querido y para que, en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente, todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes y que, en vuestro nombre y de vuestra parte, ofrezcan a sus hijos los regalos que deseen.
También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos; pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y, a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.
Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:
– Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.
     Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:
– No sé si tendré bastante para compraros algún regalo; pero para el año que viene ya guardaré más dinero.

Un cuento: La caja de besitos

Publicado: noviembre 11, 2009 en Felicidad
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Se acercaba el cumpleaños de un orgulloso padre de familia. Su hija menor, llevaba varios días preparando su regalo, la veían afanada haciendo la caja con sus propias manos, buscando papel de regalo, envolviéndola. Pero no la vieron meter el regalo, lo hizo en su habitación a escondidas.

    llegó el día del cumpleaños y la niña trajo el regalo y loregalo_email entregó a su padre con los ojos llenos de ilusión, grandes, abiertos y generosos, le estaba dando lo mejor de ella. El padre, ávido de ver la sorpresa que su niña había preparado con tanta ilusión y dedicación, abrió rápidamente la caja y la encontró vacía…

    – ¡Vaya!, olvidaste poner el regalito.

     La niña rompió a llorar y se retiró disgustada a su

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habitación. El padre la siguió diciendo: “no importa, no importa, ahora me lo das y ya está”…

      La niña se volvió, con cara de pena y le dijo:

     – “No lo has entendido, mi cajita no estaba vacía, la llené de besitos. Para cuando estés lejos, de viaje y te sientas solo. Para cuando estés preocupado por los problemas y no encuentres solución. Para cuando te sientas feliz y necesites un premio por el trabajo bien realizado…”

     El padre rompió a llorar, abrazó a su hija y le prometió que llevaría su cajita de los besos siempre junto a él. Y lo hizo.

     ¿Sabéis que es lo mejor de este cuento?… QUE FUNCIONA. ¡Probadlo!