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Artículo.

     Recientemente, uno de mis pacientes llega a consulta para dejar de fumar diciendo “oye, que sepas que yo no quiero sufrir”. Yo le pregunto ¿eso es posible?. Él contesta: “es que tengo miedo al sufrimiento”.

   ¿Qué os parece?. ¿No os da la impresión, como a mi, que vivimos en una sociedad donde constantemente nos venden que debemos tener miedo al sufrimiento?, ¿que debemos tener alergia a sufrir? ¡Pierda kilos sin esfuerzo…, domine un idioma sin estudiar…!, Sólo falta que digan: cobre sin trabajar…o coma sin masticar. jejeje.

      Los humanos tenemos un mecanismo de recompensa en nuestro cerebro que se activa justo cuando damos por finalizada una tarea con su correspondiente trabajo, esfuerzo o sufrimiento. Como cada uno lo quiera llamar. Y, además, parece que el refuerzo químico está directamente relacionado con el esfuerzo. A mayor uno, mayor otro.

              Es decir, si renuncias al esfuerzo, parece que renuncias a tu propia recompensa. A lo mejor por ello buscamos tantas recompensas en cosas externas. En tener, en comprar, en comer compulsivamente, en fumar…

          El esfuerzo y su satisfacción interior tras la terminación de éste, aumentan nuestra autoestima, nuestro autoconcepto, nuestra autoeficacia, etc. Un montón de “autos” que te llevarán en volandas a sentirte cada vez mejor contigo mismo, a sentirte cada vez más realizado, más feliz con lo que haces y lo que tienes. (Claro, a lo mejor ahí está el fallo para esta sociedad del “altoconsumo”. El más autosuficiente, más satisfecho consigo mismo, necesita muy poco de fuera, consume muy poco. Y eso fastidia el mercado, claro)dibujos-coches-carreras.gif

         Así, te propongo esta semana que te reconcilies con tu capacidad para el esfuerzo y la recompensa, para el aprendizaje a través del camino. Vuelve a subir montañas para así poder experimentar la sensación de logro.

           Después de un arduo trabajo, de constancia, de horas de ensayo, el músico llega casi al éxtasis cuando tras tocar o cantar el último tema, junto a su grupo es recompensado por el aplauso del público, pero sobre todo por su satisfacción personal por el trabajo bien terminado. No todos somos músicos, pero si todo el o la que haya trabajado y se haya esforzado por conseguir una meta, más o menos pequeña, más o menos intermedia para conseguir otras mayores, puede sentir que ha experimentado este placer por lo bien hecho, por lo terminado.

       Vuelve a disfrutar de ti mismo y de tu esfuerzo. No es tu enemigo, es lo que te da valor como persona ante tu propio espejo.

             Comentando un día con un amigo los planes que teníamos para la jubilación, yo comenté que entre otros, una de mis ilusiones para esos tiempos, era aprender a tocar el saxofón. Mi amigo, que no conocía mi faceta musical, puso una cara de extrañeza, y cuando yo me disponía a preguntarle que si no sabía que era músico de afición, cambió de pronto su cara poniendo un gesto que me dio a pensar que de la sorpresa pasó a la duda.clip_image002

           Cuando le iba a preguntar por ese cambio de cara tan gracioso, el me increpó: ¿tú sabes si cuando te jubiles podrás mover los dedos como para tocar el saxo?. A pesar de mi sonrisa inicial por lo incierto de la edad de jubilación cuando nos toque, en poco tiempo pasé a pensar que llevaba razón. ¿Mis dedos estarían ágiles como para moverse por las teclas de un saxo? ¿Y mi mente como para aprender?

         Hoy, hablando con una amiga, de un amigo, casi hermano, que ya no está, y con el que nos encantaba improvisar excursiones, salidas a castillos, comer juntos, en definitiva, disfrutar de la vida; comentábamos también, que hacer planes para el futuro sobre lo que queremos hacer, porque es importante para nosotros, es estar un poco locos. Aplazar lo importante es arriesgarse a no vivirlo. Es convertirlo en menos importante que lo que hacemos hoy.

             Nos dejamos llevar demasiado por el trabajo diario, las labores que poco a poco van llenando nuestro tiempo y no nos dejan más que vivir con prisas. En la sociedad actual, donde más herramientas tenemos para hacernos la vida más cómoda, es cuando más ajetreados, más incómodos por la ansiedad y más desasosegados vamos a todos sitios. ¡Nos llega a molestar el “lag” en los aparatos electrónicos!

           Queremos ir tan rápido a todos sitios, que todo sea tan inmediato, que nos olvidamos de que vivir es disfrutar del momento. Es hacer eterno el momento presente. Y para eso hay que frenar. No se trata de pararse permanentemente. ¿Pero no nos merecemos unos minutines al día para nosotros? ¿Y para los nuestros? ¿Para que queremos las puestas de sol? ¿Sólo para hacernos un selfie, subirlo a la red y seguir corriendo sin sentir siquiera el calor del sol?

            A veces la vida, con su abrupta manera de enseñarnos, no dice que frenemos, que hay que vivir. Para eso está la vida, para vivirla hoy. El refrán español “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, no sólo se refiere al trabajo, también a comer con tu familia y charlar, a salir con los amigos a disfrutar de un paseo por el campo, a escuchar música u oler las flores, ¡que para eso están, leñe!

                Yo, por mi parte, hoy llevo un año aprendiendo a tocar el saxofón. Y tú, ¿Qué no quieres arriesgarte a no hacer mañana?

 

Hace algunos años, cuando mis cuatro hermanos y yo viajábamos a Córdoba por una carretera llena de curvas en cada uno de sus centímetros, mi madre al llegar siempre decía que le encantaría viajar con una máquina que la trasladase de un sitio a otro sólo con darle a un botón. Se mareaba nada más pensar en viajar.

image      Hoy estamos cada día más cerca de conseguirlo, al menos a través de la realidad virtual. Hoy podemos ponernos unas gafas y simular que vamos andando por la Quinta Avenida de New York. Y realmente da la impresión de que estás allí. Pero claro tus ojos te engañan, parece que paseas por allí, que ves las tiendas, que ves a la gente, a los policías sobre sus caballos, pero todos están sin cara. Puedes ver los puestos de perritos calientes, pero no saborear el perrito. Lo virtual no deja de ser virtual.

         Aunque con lo que sabemos hoy de cómo funciona el cerebro, también sabemos que la realidad que vemos es un poco también virtual. Así, nuestro cerebro, en función de lo que ha aprendido y lo que piensa que para nosotros es más necesario e importante, nos va mostrando un trozo de la realidad que nos rodea. Algo parecido a lo que el famoso buscador web hace cuando tiene nuestros datos. Nos muestra lo que el piensa que queremos.

          Con el tiempo hemos llegado a creernos que la realidad total es sólo lo que vemos, que todas las cosas se pueden conseguir de forma rápida con un movimiento de dedos. Estamos tan acostumbrados a esto en el móvil, que soñamos con que todo, incluso aprender a esquiar, se pueda hacer en un minuto con un par de clicks. Y muchas personas tienen serios problemas de frustración e impaciencia cuando notan que no todo es así. Tienden a abandonar sus nuevos cometidos si en un par de días no consiguen el cambio deseado.

          Una paciente que lleva muchos años fumando se mostraba impaciente porque “¡a estas alturas!”, porque recaen, etc. Todo aprendizaje lleva su tiempo. Llevas 30 años aprendiendo a vivir fumando. Cuanto te das para aprender a vivir sin fumar. O a hacer cambios en tu dieta, aprender a conducir, etc.

        Y como esto todo nuevo habito que queramos aprender. Sobre todo si lo queremos hacer reflejo, es decir, que se vayan los dedos o mis dedos mentales, solos. Eso necesita mucha práctica con la misma ejecución.

      ¿Os acordáis del famoso Señor Miyagi?. “…dar sela, pulir sela”. Necesitamos mucho tiempo de esfuerzo repetido para conseguir nuestros objetivos. O aún crees que lo de dejar de fumar sin esfuerzo, o perder peso sin dejar de comer lo que te gusta, o viajar con botón, como decía mi madre; se puede conseguir?

          Pero lo conseguido con esfuerzo y constancia, además de traerte éxito en tu tarea, te traerá un importante crecimiento, alegría, satisfacción personal y aumento de autoestima. El botón sólo trae insatisfacción y constante “quiero más”.

    ¿Qué prefieres sentir?

Como otros años, acabamos de pasar el día de los Reyes Magos.

       Un día en el que muchas personas hablan de creer o no, de disfrutarlo o no, de tradiciones, de materialismo o de religión.

       Para mí vuelve a ser uno de esos días del año en los que tenemos la oportunidad vital de escoger algo positivo de la vida o de quedarnos con la parte menos agradable de esto.fondo-reyes-magos

       El día de Reyes puede ser un día en el que influyan todas aquellas cosas que hemos nombrado, pero que también podemos decidir aprovechar la oportunidad que la vida nos ofrece para vivir un día tan especial como nosotros queramos.

      La ilusión no es sólo exclusiva de los niños y niñas, todos nosotros y nosotras podemos vivir este, como un día ilusionante. Lleno de vida y de sentimientos de agradecimiento por poder compartirlo con nuestros pequeños y pequeñas.

          Que nosotros tengamos claro qué nos van a echar los Reyes, no significa que no podamos disfrutarlo con la misma ilusión que un menor. Cualquiera que tenga hijos o hijas y vea como viven ellos este día, verá que no todo depende del regalo, sino de como se vive la experiencia.

      En los días previos la ilusión se va creando a base de expectativa de algo maravilloso aunque no se sepa que. Sólo es expectativa de que algo será chulo, bonito, grande, único, especial. Esta expectativa ayudada por las palaras ilusionantes de padres, madres, titos y titas, el ambiente especial. Incluso las cabalgatas de Reyes que, estemos o no de acuerdo con el gasto que puedan suponer, lo que está claro es que en los pequeños y en los mayores que miramos con sus ojos produce un especial incremento de esta ilusión debido a que son la antesala del momento especial de los regalos.

       Luego, el jugar, el compartir, el montaje, los primos y primas. Todo se convierte en un guirigay que puede ser muy especial. O latoso, claro. Según decidamos vivirlo.

         Es cierto que algunos lectores me dicen que ellos o ellas no pueden vivir las emociones como yo digo en mis artículos. Ellos no deciden sus emociones, me dicen.

Sin embargo, si observamos lo que hacemos los días previos. Las cosas en las que pensamos los días previos, aunque no seamos conscientes de ello, nos llevan a vivirlo de una u otra forma. Y creedme cuesta tanto esfuerzo vivirlo con tristeza o enfado como esforzarnos por ilusionarnos. En ambos casos debemos tener unos pensamientos, emociones, ideas, acciones y mantenerlos en nuestra mente. Debemos ser congruentes con ello. De eso se encarga nuestro cerebro. De mostrarnos una realidad congruente con los pensamientos que tenemos y con lo que le hacemos ver como importante. Si para nosotros la ilusión de estos días es lo importante en ellos, nuestro cerebro buscara hechos, ideas, emociones etc., que refuercen y sean congruentes con ello. Si le decimos que lo importante es el despilfarro, el gasto innecesario, la no creencia en la ilusión, etc. También se en cargará de mostrarnos razones para ello.

        Claro que la mayoría no hacemos esto de forma consciente, lo hemos aprendido de pequeños o en según que circunstancias de la vida.

     Pero ahí es donde viene la decisión a la que me refiero antes. Yo decido si mantengo las creencias, ideas, actitudes, aprendidas o heredadas; o, como en otras cosas de la vida, decido cambiarlas por otras nuevas, más emocionantes, más vivas, mas ilusionantes y que me harán más feliz en estos momentos.

      Todos y todas tomamos decisiones de este tipo a lo largo de la vida. Dejamos de creer en una religión, nos cambiamos de equipo de futbol, dejamos las aficiones de nuestros mayores o las cambiamos por otras. Y tras cada una de estas decisiones, nuestro cerebro se encarga de hacer congruente con ellas lo que sigue en nuestra realidad.

      Incluso, si no cambiamos, si no decidimos… Ya lo estamos haciendo:

¿Decides, o te dejas llevar? Tú dispones.

Navidad y las ausencias

Publicado: diciembre 25, 2015 en Emociones, Muerte, Navidad
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En mi trabajo como psicólogo, las navidades son especialmente intensas en cuanto a la cantidad de personas que consultan sobre como vivirlas cuando las ausencias de los seres queridos se hacen especialmente notables.

        Unos vivimos estas fechas como una época de especial ilusión, de reencuentro, de dedicación a la familia más o menos allegada pero siempre querida. Durante el año las obligaciones nos hacen postponer según que cosas con la familia. En estas épocas se da una especial predisposición a llevarse bien.

               Sin embargo, hay otras personas que estas épocas donde televisiones, comercios, ambiente creado para el gasto y la aligeración de las normas en cuanto a alimentación, ahorro y demás, sólo le produce una importante desdicha. Incluso las hay que hablan de odiar la Navidad. Entre otras situaciones, la mayoría de estas personas ven en estas fechas, un período del año que les recuerda a las personas que ya no están en sus vidas. Ausencias más o menos superadas, pero que en Navidad se hacen especialmente notables para ellas. Nos reunimos en la mesa para cenar, y no ven los asientos llenos, sino los vacios. Y estos vacíos se vuelven tan grandes, tan inmensos, que eclipsan cualquier destello de las luces del portal, del árbol, de los escaparates, o de la mirada de niños y mayores que sí están. clip_image002

           Así, muchas personas que no se resignan a este malestar sobrevenido, sólo porque llegan estas fechas, preguntan cómo solucionarlo. ¿Cómo superar estas fechas? Superar esto tiene mucho que ver con cómo superar casi cualquier pérdida de nuestras vidas.

              Debemos saber dos cosas antes de nada: Primero que lo del tiempo lo “cura todo” es una falacia. Es decir, no es cierto. Al igual que si tu dejas tus herramientas de pintura, por ejemplo, junto a tu lienzo, el tiempo no te pinta tu cuadro, tampoco lo hará con tu duelo por tu persona querida. Es lo que haces con tus herramientas, durante ese tiempo, lo que llegará a pintar tu cuadro o a superar tu duelo. Lo segundo, tiene que ver con estas herramientas de las que hablo. Nuestra constante capacidad de aprender, nuestra capacidad para crear, para recordar, nuestras emociones como la tristeza, el coraje y la alegría son las herramientas con las que contamos para superarlo. Nuestro trabajo con ellas marcará el tiempo que necesitamos para poner en un nuevo lugar a aquellos que hace poco estaban a nuestro lado físico y ahora no.

            Se impone cambiar nuestra actitud de ver que me falta de esa persona que ya no está, por la de ver que queda de ella y como vivir con ello. Y con lo que queda, no me refiero a sus cosas, sino a lo que el paso de esa persona por el mundo, por mi vida, ha dejado en mí. Aquello que me enseñó, o que aprendimos juntos. Aquellos momentos vividos y que me han convertido en lo que ahora soy. Incluso las bromas o chistes que contaba y que nos hacían reir. Contar esos chistes, provocar risas en quien nos rodea, ¿no sería una forma de transmitir la alegría que nos dejó? ¿No sería el mejor homenaje que podemos hacerle? No es la mejor forma de hacer que siga vivo. Cada vez que nos fijamos en su muerte, lo mantenemos muerto. Si nos fijamos en su vida hacemos que perdure.

               Cada vez que suena “Imagine” Lennon está más vivo que nunca. O Camarón, o Joaquín Rodrigo, Ravel. Cada vez que hago ganchillo, o que mi hermano pinta un cuadro, es traer a nuestra abuela al presente. Estamos haciendo algo que nos enseñó. Algo que hace que pensemos en ella como alguien vivo en nosotros, como alguien de quién sentirnos orgullosos, alguien con quien queremos compartir una Navidad más y el resto de nuestra vida. Aunque su silla esté vacía, nuestros corazones, nuestras paredes o el mantel con el que comemos en Navidad, están llenos de ella.

          Y aquí está tu elección. Empeñarnos cada día, cada duro día al principio; en vivir con ellos, o vivir con su ausencia. Las dos decisiones son respetables. Las dos son humanas. Una nos llevará a un sitio a través de un camino y la otra a otro por otro sitio. Los dos caminos los caminaremos, seguro. Seguir igual, ya es una elección sobre la que también caminas y también te lleva a un lugar. ¿Tú cual eliges?

           Yo, por mi parte, me quedo con la primera: VIVIR CON ELLOS, NO CON SU AUSENCIA.

          ¿Nos ponemos con ello? ¿Nos proponemos que el tiempo de este nuevo año que llega en unos días, sea tiempo de trabajo para que la próxima Navidad, sea bienvenida? ¡Venga, vamos!

SIN SENTIDO

Publicado: diciembre 7, 2015 en Articulos, Emociones, Suicidio
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Medianoche. Un frío día del mes de enero. Juan, un joven alto, moreno, fuerte, bien parecido. Trabajaba de noche, era vigilante.

    Hoy, cuando se dirigía a la calle, no iba a trabajar. Subió en su nuevo coche rojo, deportivo, como siempre lo había soñado. Sin saber porqué, al sentarse dentro del coche se fijó en uno de sus vecinos. Un señor mayor, con bigote, la cara cansada, los ojos mirando hacia el negro manto del cielo, como pidiéndole que se lo llevara con él. Estaba cansado de vivir. Un día, trabajando en una construcción, se cayó desde una cornisa y lo único que salvó fue su cabeza. Su cuerpo quedó inmóvil, confinado para siempre a una silla de ruedas. ¿Porqué no habría muerto?.sinsentido_de_pensamientos1

       El ruido del motor hizo volver a Juan a sus pensamientos. Ese ruido ronco, potente que en otras ocasiones había hecho vibrar a Juan; hoy no le decía nada, sólo le devolvió a su realidad. Esta noche, Juan sólo pensaba en su última cita con Marga, su novia. El no fue a recogerla esa noche, la esperaba en su Pub de costumbre. Se había adelantado con unos amigos. Ella decidió ir andando. Vivía cerca. Era una joven alegre, sincera, vivía la vida saboreando cada momento, como una buena gourmet. Esa noche, alguien con unas copas de más, en un coche demasiado rápido, acabó con esta intensa pero aún corta vida.

– Si hubiera ido a por ella…

     Eran palabras que Juan se repetía una y otra vez, produciéndole un insoportable sentimiento de culpa.  A partir de ese día, Juan había cambiado. No sentía esas ganas de vivir que ella despertaba en él. En la vida no le iba mal. Coche, trabajo, amigos, buena salud, era un buen deportista. Sin embargo, desde ese día, su vida no tenía sentido, todo giraba en torno a ella. Y ella no estaba.

– ¡Por mi culpa!.

     De acuerdo con su plan, se dirigió hacia la autopista y una vez allí pisó a fondo el acelerador. La velocidad iba aumentando rápidamente y el gran puente colgante se iba acercando imponiendo su inmensa figura en el horizonte. Este era el último paisaje que Juan había planeado ver. Si se lanzaba a toda velocidad desde arriba, todo el sentimiento que lo inundaba cesaría para siempre.

     Justo antes de empezar a subir el puente, la imagen del viejo, en su silla de ruedas, comenzó a dibujarse en su cabeza con más nitidez que nunca. Juan observaba su cara, sus ojos tremendamente expresivos… Desde el accidente en la obra sólo expresaban tristeza. Ya no podía jugar con sus hijos los domingos. No podía hacer el amor con su mujer a la que tanto amaba, pero a la que desde el accidente tenía muy abandonada. Sólo le quedaba esperar la muerte.

      De pronto, Juan se dio cuenta de que la velocidad de su coche había disminuido, el puente, su último paisaje, había pasado. Sin darse cuenta se encontraba a muchos kilómetros de su casa y del maldito puente. Sin saber porqué se había relajado. El viento que entraba por la ventanilla rozaba fresco y aliviador su cara, acariciaba su pelo ondulándolo, liberándolo. Juan dio media vuelta y se dirigió a casa saboreando estos nuevos sentimientos. Esa noche durmió profundamente.

      A la mañana siguiente, temprano, se fue a buscar a su vecino con el que nunca había hablado algo más que un hola o adiós cortés, pero falto del más leve interés. Roque, que así se llamaba su vecino, estaba en el parque de la urbanización. En su silla de ruedas, tomaba el sol de la mañana. Juan, sin decir nada, pero sabiendo que Roque lo observaba, se sentó muy cerca de él; podía oír su respiración. Dirigió su mirada hacia donde Roque parecía estar mirando.

      El sol calentaba suavemente sus rostros. Sólo se oían los pájaros, alegres, de trinos variados. Tal vez esa mañana cantaban con más ganas, mas variados y divertidos. Al menos eso le perecía a ambos, que continuaban sin intercambiar palabras. Aunque sí sentimientos. Como dos viejos amigos que no necesitan hablarse para entenderse. Saben que el uno está allí por el otro, que pueden ayudarse cuando a alguno le hace falta.

      Juan se dio cuenta de que en su cara se dibujaba una sonrisa. Miró a Roque y vio que él también sonreía. Era una de esas sonrisas que muestran aquellos que son felices, que han aceptado su vida tal como le viene y que están dispuestos ha vivirla lo más intensamente posible.

          Tal vez el viejo intuyera que si Juan aquel día estaba allí era por él. Que esa tal vez fuera la razón por la que él no terminó aquel día en la obra. ¿Se habría dado cuenta de que aún tenía mucho que dar y por eso estaba aún allí?. A Juan, a sus hijos, a su mujer…, a sí mismo.

         Juan comprendió lo que Marga le había dicho siempre "…gordi, la vida es para vivirla". Ahora entendió que vivir la vida no es estar ahí esperando que pase, sino disfrutar de cada momento con todo nuestro ser, penas, alegrías, sentirlo todo con toda la intensidad de que seamos capaces. Volcar todo nuestro ser en cada gesto que hacemos, en cada palabra que pronunciamos al que está a nuestro lado.

       Así, aunque perdamos lo más querido, los momentos pasados serán tan intensos que siempre permanecerán vivos con nosotros.

Inteligencia emocional o habilidad emocional   Semanario La Comarca

RAFAEL MUDU
(Psicólogo Sanitario ASNC)
       Largo y tendido se habla últimamente de la inteligencia emocional. De quién la tiene y quién no. Sin embargo, el otro día hablando con una compañera de trabajo, llegamos al acuerdo de que era más interesante hablar de habilidades emocionales que de inteligencia emocional.
        Hablar de habilidades, nos trae la imagen de ciertas formas de hacer las cosas que se pueden aprender. Por el contrario, hablar de inteligencia, nos da imagen de algo que se tiene o no, que se nace o no con ello.
        Así que, ella y yo, preferimos quedarnos con la idea de habilidades emocionales y ponernos en marcha con la práctica de estas habilidades. ¿Te apuntas? Para comenzar con nuestro aprendizaje, te propongo que empecemos a practicar, cada día estas tres nuevas habilidades:
        Habilidad 1: ¿emociones o pensamientos?
              No son lo mismo, no. ¿Ah, ya lo sabías? Pero las distingues en tu día a día. Ejem: “Tras una dura semana de trabajo ¡estoy harto, no puedo más!. ¿Esto es una emoción, no?. ¡Pues no, esto es un pensamiento!
Las emociones son sensaciones y respuestas fisiológicas de nuestro organismo que se acompañan de forma inmediata con una interpretación mental, es decir una idea. Pero, también funcionan al revés. Ciertas ideas o pensamientos, pueden provocar respuestas fisiológicas, que a su vez volveremos a reinterpretar con un pensamiento. ¿Parece complejo? ¿Entonces qué es lo que tenemos que aprender?
Lo que tenemos que aprender es simple de entender, pero, como todas las habilidades, necesita de tiempo invertido en practicar: Queremos aprender a darnos cuenta de la diferencia entre mis sensaciones y respuestas físicas y los pensamientos que he tenido justo antes de ellas y justo después.
Cuando lo tengas, sin prisas y sin pausas. Pasa a la siguiente habilidad. Recuerda que es más eficaz aprender una cosa cada vez.
       Habilidad 2: no eres tus emociones.
            Ya que te has dado cuenta de que tus emociones son esas experiencias fisiológicas combinadas con pensamientos automáticos como reacción a una situación presente en este momento o traída al presente aunque no lo esté, podemos continuar con lo siguiente.
          ¿Alguna vez te ha pasado eso de ir por la calle, recordar algo gracioso y de repente sonreír solo? Seguramente sí. Pero también pasa con algo triste o nostálgico o ansiogeno, ¿verdad?. Está claro que lo que estas sintiendo en ese momento, tus reacciones fisiológicas de ese momento son reales. Pero los pensamientos anteriores a ellas (algunas veces ni siquiera te has dado cuenta de ellos) y las interpretaciones de esas respuestas fisiológicas que haces inmediatamente, pueden no ser del todo exactas. O incluso erróneas. Nuestro cerebro nos da interpretaciones de estas respuestas que sean coherentes con el momento en que vivimos en el presente. Pero no siempre están relacionadas con lo que las originó.
          Por lo tanto, esta segunda habilidad, será poner en juicio estas emociones, ver que aunque están en mí, puedo estar o no de acuerdo con ellas. Y por lo tanto, puedo o no ignorarlas; puedo darles más o menos puntuación en intensidad e importancia; puedo poner otras en su lugar (por ejemplo haciendo por recordar algo divertido. Ya hemos dicho que funciona en las dos direcciones); o ver que en este momento no son eficaces para lo que hago y dejarlas correr.
    Habilidad 3: pensar con claridad.
           Las reacciones emocionales negativas, que son las que nos suelen dar la lata; nos indican la presencia de una amenaza. Una vez reconocida la emoción, pregúntate: ¿Cuál es el peligro? ¿Se trata de una amenaza real o imaginada? La mayoría de nosotros hemos tenido reacciones emocionales fuertes ante situaciones que más tarde entendimos no eran reales o no eran tan importantes o tan peligrosas.
          Puede ser que la amenaza incluso no sea presente, sino pasada o futura. ¿Pero nada del pasado, o del futuro puede matarme ahora, no? ¿Estoy seguro de que lo que veo como amenaza futura, tendrá lugar sin duda ninguna? ¿O sólo hay cierta probabilidad de que ocurra y otra tanta de que no?
         La mente no distingue por sí sola entre lo real y lo imaginado (por eso podemos pensar en una playa del Caribe y relajarnos). Por lo tanto tenemos que entrenarnos para pensar y responder adecuadamente al presente.

En esta guía, os dejo unas pautas breves para afrontar los momentos iniciales y los días siguientes a un accidente de tráfico masivo (autobús, tren, etc). Está pensada tanto para las victimas como para aquellos profesionales de los distintos cuerpos de atención (policía, bomberos, sanitarios, etc).
La rapidez de los conceptos viene determinada por la necesidad de hacer esta guía en un tiempo de 2 minutos, para facilitar su mayor difusión en distintos medios. En otra ocasión os dejaré algo más extenso y explicado con más detenimiento. Pero como idea general para tener una idea de que hacer, pienso que puede venir bastante bien.

Aunque si quieres, en los comentarios, puedes dejar tu opinión o tus necesidades para la siguiente.

Guía psicoeducativa para victimas e intervinientes de accidentes de tráfico masivos from Rafael Mudu on Vimeo.

 

           Ayer fui a ver una de las últimas películas de animación que podemos ver en lo que aún nos queda de verano. Se trata, como dice el título del artículo, de “Inside out”, en español “Al revés”. Creo que con este título quieren hacer referencia a la extraña sensación que te puede dejar esta película; si no la analizas un poco tras verla.inside out

         Sin embargo me gustaría comentar lo que sí me pareció muy interesante de esta película. En algunos instantes uno tiene la sensación de estar viendo una versión moderna de aquella serie que tanto nos enseñó sobre el cuerpo humano a algunas generaciones “Erase una vez la vida”. Que por supuesto pienso deberían reponer. Mucho mejor que Doraemon. ¡Donde va a parar!

        En fin, en esta sensación que digo antes, estamos cuando nos van describiendo algunas de las partes del cerebro y algo parecido a cómo funcionan, según los últimos estudios que tenemos. La película describe someramente funciones y lugares “funcionales” que según investigaciones y teoría recientes explican el funcionamiento de nuestro cerebro. Lo cual es bastante instructivo. Aunque no del todo preciso. Al fin y al cabo es una peli familiar. Pero puede darnos una idea de cómo funcionamos y sobre todo, algunas cosas que charlar, compartir y aprender en familia.

           Pero, sin duda alguna, lo que más me ha gustado sobre la película; por su aplicación en nuestra vida real, ha sido todo lo que nos enseñan sobre las emociones y lo que nos sugieren sobre la forma de gestionarlas.

          Dividen nuestras emociones en cinco principales con tres de ellas más momentáneas: ira, asco y miedo; y dos de ellas más permanentes y decisivas: alegría y tristeza. Las cinco parece, en la peli, que gestionan todo lo que vivimos y almacenamos en nuestros recuerdos. Ellas van tiñendo estos de uno u otro color según la emoción que lo gobierne. Al principio parece que hay una obsesión por que la alegría sea la gobernante principal, relegando a las demás, especialmente a la tristeza, a un segundo o quinto plano. Parece que para que vivamos solamente alegres. Esto parece que es lo ideal, en la película, pero claro, muy poco real. Por lo que las situaciones de la vida, en un momento, como en la película, pueden hacer que algunas de estas emociones, estén un “tiempo fuera” de nuestra mente, y su capacidad de influir en nuestra gestión de situaciones y recuerdos quede vetada.

            Poco a poco, en la peli, y en nuestra vida real; aprendemos, si nos empeñamos en ello, que todas las emociones son necesarias, que todas son igual de importantes, y que nos interesa que todas participen en nuestra gestión de situaciones y recuerdos. Las situaciones de la vida, son lo suficientemente complejas como para que pretendamos gestionarlas completamente desde sólo una emoción. Esto suele tener consecuencias poco eficaces. Así la película nos muestra como la forma más eficaz de vivir, es usando las distintas emociones, sin descartar ninguna, según las necesidades momentáneas de cada situación que vivimos. Y no quedándonos para todo el día sólo con una. Ya que esto para nada es eficaz.

        Todas son necesarias. ¿Para qué las tenemos, si no fuese así?. El truco está en pensar un segundo, cual es la más eficaz en cada momento y ponerla a trabajar, para luego darle descanso cuando la situación cambia. Que cambia, seguro. Vivimos en constante cambio. Por lo que las emociones, también tendrán que estar en constante cambio si queremos ser eficaces en nuestra vida. Esto facilitará nuestra autoeficacia, autoestima y aumentará la probabilidad de vivir cada día más momentos felices.

           Tranquilas y tranquilos, esta gestión es parte del aprendizaje que tendremos que hacer a lo largo de nuestra vida. No es de un día para otro. Pero con valientes películas como esta, podremos ir teniendo pistas de cómo hacerlo.

          Eso sí, os recomiendo que una vez vista, hagáis una especie de cine fórum familiar para comentar todo lo que cada uno ha sacado de las sugerencias de la película y lleguéis a ideas prácticas para gestión de emociones, como las que nos sugiere la peli y yo os he comentado hoy.

niñez y resiliencia

          A casi todos, la niñez nos parece una época sin problemas, sin responsabilidades notables. Especialmente si la vemos desde la vida adulta. Pero la tierna edad por sí sola no ofrece ninguna protección contra los daños emocionales y los traumas que pueden enfrentar niños y niñas. A esto, unimos la escasa o nula educación en salud mental que abordamos en esta sociedad.

        Sí, amigos y amigas, empezando por mí, y observando el común de padres y madres, a través de mi experiencia en escuelas para ellos y ellas; puedo afirmar con escaso margen de error, que en el 90% de las casas, enseñamos a nuestros infantes e infantas a lavarse los dientes cada noche y a echarse algún antiséptico en las heridas pequeñas de la piel; pero no en las del alma, ni a lavarse de emociones negativas antes de ir a dormir.

       Les pedimos a los niños y niñas que enfrenten problemas, como adaptarse a una nueva clase, ser intimidados por sus compañeros, cambios de crecimiento en su cuerpo, perdida de objetos, o mascotas valiosos para ellos y ellas…

      ¿Pero les enseñamos como hacerlo? Si tal vez, ni siquiera nosotros sabemos como lavarnos los dientes mentales de las emociones antes de ir a dormir. ¿Hay alguna casa donde alguno de los adultos no haya padecido problemas de insomnio? Tampoco a nosotros nos enseñaron las herramientas que tenemos los humanos para esto. Y mucho menos enseñarnos a usarlas, claro.

      Hablamos de la resiliencia y de la gestión emocional. La primera, la resiliencia, se describe como la aptitud para aprender y desarrollarse pese a estos desafíos. O más bien dicho, gracias a estos desafíos.

¡La buena noticia es que la resiliencia es una capacidad que puede aprenderse!

         Desarrollar resiliencia, la capacidad para afrontar con éxito la adversidad, el trauma, la tragedia, las amenazas o incluso fuentes importantes de estrés, puede ayudar a manejar el estrés y los sentimientos de ansiedad e incertidumbre. Sin embargo, que los niños sean resilientes no significa que no experimentarán dificultades o angustia. El dolor emocional y la tristeza son comunes cuando tenemos un trauma de importancia o una pérdida personal, o incluso cuando nos enteramos de la pérdida o trauma de otra persona.
      Así, si me permitís dejar la gestión emocional para otra semana, hoy os dejaré cinco formas prácticas para desarrollar la resiliencia en niños y adolescentes:

Enseña a tu hijo cómo hacer amigos, inclusive la capacidad de sentir empatía, o de sentir el dolor del otro. Anímalo a ser amigo para poder tener amigos. Desarrolla sus habilidades sociales, es decir, aquellas habilidades como la cooperación, la empatía, el diálogo, el gusto por trabajar en equipo, etc. Relacionarse con las personas brinda apoyo social y fortalece la resiliencia.

Ayuda a tu hijo o hija haciendo que ayude a otros. Ayudar a otros puede permitir a niños y niñas superar la sensación de que no pueden hacer nada. Anímalos a realizar trabajos voluntarios apropiados para su edad, o pídale ayuda con alguna tarea que él pueda realizar. Se creativo…

Mantén una rutina diaria. Respetar una rutina puede ser reconfortante para los niños, en especial para los más pequeños que anhelan estructuras en su vida. Anima a tu hijo a desarrollar sus propias rutinas, en las que también incluya el descanso y el juego. Son tan necesarios como el trabajo. Los mayores, en esta sociedad, tendemos a dejar el descanso para el final, si queda tiempo. Así nos va… El descanso y el juego debe formar parte de nuestra rutina. No para hacerlo rutinario, sino para que nuestra rutina, incluya también tiempo de juego y descanso. Y en el tiempo de descanso o juego:

Enseña a tu hijo cómo concentrarse en algo distinto a lo que le preocupa. Dese cuenta de las cosas a las que su hijo e hija están expuestos y que puedan ser inquietantes para él o ella; sean noticias, Internet o conversaciones que oyen por casualidad y asegúrese de que su hijo tome un descanso de esas cosas si le causan inquietud. Si bien las escuelas son responsables del rendimiento en exámenes estandarizados, destine un tiempo no estructurado durante el día escolar para que los niños desarrollen su creatividad.

Enseña a su hijo a cuidar de sí mismo. Pero no lo olvides: ¡la mejor forma de enseñar, y la más efectiva para que el otro aprenda es: con un buen ejemplo! Así que dé un buen ejemplo y enséñele a su hijo la importancia de darse tiempo para comer como es debido, hacer ejercicios y descansar. Asegúrate de que tu hijo tenga tiempo para divertirse y de que no tenga programado cada minuto de su vida sin ningún momento para relajarse. Cuidarse e incluso divertirse ayudará a su hijo a mantener el equilibrio y enfrentar mejor los momentos estresantes.

Metas razonables que se construyen paso a paso. Enseña a tu hijo o hija a fijarse metas razonables (es decir: alcanzables por etapas) y luego a avanzar dando un solo paso cada vez para lograrlas. Avanzar hacia esa meta, incluso con un paso muy pequeño, y recibir elogios por hacerlo, hará que su hijo se concentre en su logro en lugar de fijarse en lo que no logró y puede ayudarle a desarrollar resiliencia para salir adelante ante los desafíos.

           Alimenta una autoestima positiva recordando cómo pudo lidiar satisfactoriamente con dificultades en el pasado y luego ayúdelo a entender que esos desafíos pasados lo ayudan a desarrollar la fortaleza para manejar desafíos futuros.